Allí estaba con los ojos vendados y atado a la cama con ligaduras de cuero. Desnudo y amordazado, esperaba la llegada de ella, el ama.
Sus dos ángeles negros me habían preparado. Me recibieron enfundadas en látex negro y subidas en sus tacones de aguja. Cada una con una fusta en la mano me fueron conduciendo hasta el gabinete con suaves, pero enérgicos, golpecitos en mi trasero. Me desnudaron y me ataron al cabecero metálico de una cama enorme, enfundada en una sábana suave de color burdeos. Luego me vendaron los ojos.
Estaba excitado. Siempre había tenido el deseo de tener una experiencia sadomasoquista, pero, a medida que se acercaba el momento la excitación se mezclaba en cierto modo con el mosqueo. No las tenía todas conmigo. No estaba seguro de resistir el tratamiento. Tenía algo de miedo, la verdad, miedo y también curiosidad. Además ya no podía huir. Había pagado, que era lo de menos, pero estaba atado firmemente. No podía escapar ya.
La puerta se abrió y las pisadas resonaron en el suelo de madera. Sentí el calor de un aliento cerca de mi y un dedo enfundado en un guante bajarme desde la barbilla hasta el ombligo. Me preguntaba cómo sería. Lo que más me excitaba de las amas era su vestimenta y su maquillaje. Siguió jugeteando, ahora con mis pezones mientras me decía con claro acento andaluz que iba a sufrir. Le pedí que me quitase la venda. Quería verla.
Su voz era algo atiplada, pero firme. Me contestó que tal vez no resistiera verla trabajar. Pero yo insistía... Tarde unos segundos en adaptarme a la luz intensa. Apreté los párpados y volví a abrirlos varias veces. Sí, allí estaba, de espaldas. Escogía algún artilugio de una mesa en la que estaban extendidos látigos, esposas, grilletes, vibradores. Apartó un vibrador enorme, empecé a preocuparme. De la pared tomó una especie de escapulario de la Virgen del Rocío. Entonces se dio la vuelta.
Su melena rubia con raya al lado me resultaba familiar. Tenía el mentón pronunciado hacia afuera pero un pequeño antifaz le tapaba los ojos. Se acercó a mi sonriendo con el enorme consolador en la mano. "Cariño, esto va a entrar en tu culo", me dijo. Empecé a sentir verdadera angustia. Pugnaba por liberarme pero estaba bien atado. Pasó el artilugio cerca de mi rostro para que lo viera bien. "Te lo voy a meter entero por ahí, mi amor. Ya verás".
Mi angustia iba en aumento sentía que iba a empezar a gritar. "No, no, no...", sollozaba. Ella reía y reía. "Sí, sí, sí gilipollas. No eres más que un puto esclavo y este pollón te va a entrar hasta la empuñadura... Verás qué bien. Soy una especialista". De repente se incorporó sobre sus tacones metálicos. Agitó la cabeza para echar la melena hacia atrás riendo. Se retiró el antifaz. "No, no, no... No puede ser tú eres, tu eres, tu eres..."
"¡Manolo, Manolo qué te pasa... Manolo!". Desperte aliviado. Mi mujer, con el pelo revuelto y con cara de cabreo me miraba amenazadora. "Qué coño te pasa. Llevas no sé cuanto agitado y ahora gritas y lloras. Joder". "No te lo puedo contar, porque no te lo ibas a creer". "Prueba". "Vale...Fátima Bañez me quería meter por el culo un consolador de más de 50 centímetros"."Ostras, Manolo. Que cosas más raras sueñas... O, pensándolo bien, igual no son tan raras... Anda duerme, que hoy es domingo". Me di la vuelta aliviado y me dormí.
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